“Recuerdo que en el 2017 pedía comida afuera dos o tres veces por semana. Años después fue una sola vez por semana y ahora, con suerte, lo hago una vez por mes o ninguna directamente”. “Hace algunos años comía carne todos los días; luego fue un par de veces por semana y actualmente pasan meses hasta que compro un bife”. “Actualmente las milanesas de pollo reemplazaron al churrasco de hace años”. “Antes, haciendo el mismo trabajo que hoy, logré comprar un auto. Hoy tengo que elegir entre comprar comida o comprar un par de zapatillas. Estoy usando las únicas que tengo, rotas”.
Todos estos son testimonios de personas de diferentes profesiones, edades y grados de formación. Muy evidentemente hay una caída en el consumo, es decir, con todas las letras, un ajuste en nuestras condiciones de vida. ¿Cómo impacta la austeridad en nuestra mente? ¿Cómo reacciona nuestro cerebro a la presión constante de descender permanentemente en la pirámide socioeconómica?
El Nobel de Economía Amartya Sen demostró que los seres humanos que viven bajo privación crónica ajustan sus deseos y expectativas a lo que perciben como posible. En sus estudios sobre calidad de vida, Sen observó que una persona en situación de pobreza extrema puede reportar sentirse satisfecha simplemente porque su cerebro ha bajado tanto la vara para evitar el sufrimiento constante que la carencia deja de ser dolorosa para transformarse en una realidad aceptada.
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La subjetividad se acomoda para que el deseo no supere a la realidad. Este mecanismo no es estático, sino que evoluciona hacia una racionalización progresiva.
Un estudio cualitativo fundamental de la University College London, realizado en 2023 bajo el título “The Psychosocial Impacts of Austerity”, documentó este proceso en ciudadanos británicos durante una década de recortes constantes. Los investigadores hallaron que la población desarrollaba una resiliencia reactiva, pasando de la indignación inicial a la justificación.
Familias que debían dejar de calentar sus hogares terminaban argumentando que se habían acostumbrado al frío y que esa privación las hacía más fuertes o más austeras por elección, cuando en realidad se trataba de una imposición económica externa. Este fenómeno se analiza en la psicología social como habituación hedónica inversa. Investigaciones publicadas en el Journal of Personality and Social Psychology confirman que el cerebro posee una plasticidad asombrosa para la austeridad.
Se produce una reducción activa de la disonancia cognitiva: si una persona no puede acceder a alimentos básicos, su cerebro genera argumentos para preservar su identidad, convenciéndose de que el producto no era saludable o de que no lo necesita. Esta adaptación biológica y psíquica es el mecanismo de defensa definitivo para no colapsar ante la angustia.
El problema crítico es que esta misma capacidad de supervivencia es la que vuelve a los planes de ajuste políticamente tolerables a largo plazo, ya que el sujeto termina racionalizando su propia caída en la precariedad como un nuevo estilo de vida, perdiendo en el proceso la capacidad de proyectar una realidad mejor.
Por otro lado, según un meta-análisis publicado en The Lancet Psychiatry (2024), cuando la austeridad se vuelve la norma, la subjetividad del individuo se desplaza desde el rol de un ciudadano con derechos al de un consumidor fallido y, finalmente, al de un sobreviviente. El sobreviviente carece de la energía mental necesaria para imaginar o exigir una vida mejor; su mundo cognitivo queda reducido al costo del próximo ticket de supermercado. Esta adaptación silenciosa es, en última instancia, un mecanismo de defensa biológico que permite seguir operando en el día a día, pero que simultáneamente le quita fuerza a la resistencia frente a los planes de ajuste.
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Por otro lado, en momentos de crisis, no solo se experimenta el sufrimiento y el ajuste en primera persona. También se observa la degradación de las condiciones de vida del resto. Desde la pandemia hasta se observa como ha crecido el número de personas en situación de calle y se han multiplicado los niños que piden en el transporte público. ¿Cómo reacciona nuestra mente ante el creciente sufrimiento ajeno?
Un estudio fundamental publicado en la revista Psychological Science (2016) por investigadores de la Universidad de Nueva York analizó el concepto de la «ceguera motivada». Mediante el uso de tecnología de seguimiento ocular (eye-tracking), los científicos demostraron que las personas con mayores niveles de ingresos dedican significativamente menos tiempo visual a observar a personas que parecen estar en situación de calle o pobreza. Metodológicamente, el estudio probó que no se trata de una decisión consciente de ignorar, sino de un proceso de filtrado sensorial: el sistema cognitivo deja de registrar al «otro» como un estímulo relevante. La desensibilización, en este caso, se manifiesta como una reducción de la relevancia social del individuo empobrecido.
Otro estudio crucial proviene de la Neurociencia Social, específicamente de investigaciones realizadas en la Universidad de Princeton por Lasana Harris y Susan Fiske. Utilizando resonancia magnética funcional, midieron la actividad de la corteza prefrontal medial, el área del cerebro que se activa cuando interactuamos con otros seres humanos o pensamos en ellos. El hallazgo fue perturbador: al mostrar imágenes de personas en situación de extrema exclusión, esta región cerebral mostraba una actividad mínima o nula en muchos participantes. En su lugar, se activaban áreas asociadas con el asco o la respuesta a objetos inanimados. Este proceso de deshumanización neurológica es una forma extrema de desensibilización donde el cerebro, para evitar la carga emocional y el estrés que genera la culpa o la impotencia frente a la pobreza, «recategoriza» al ser humano como un elemento del paisaje o una cosa.
En el contexto de los planes de ajuste prolongados, un estudio de la Universidad de California, Berkeley (2020) exploró cómo la «mentalidad de escasez» de la que hablábamos antes también afecta a quienes no son pobres pero temen serlo. La investigación reveló que, cuando la clase media percibe que sus recursos están en riesgo debido a políticas de austeridad, su empatía hacia los sectores más vulnerables disminuye drásticamente. Se activa un mecanismo de «clausura social»: el individuo se vuelve más individualista y empieza a justificar la pobreza ajena a través de prejuicios meritocráticos para reducir la disonancia cognitiva.
Esta desensibilización actúa como un escudo protector; si acepto que la pobreza es un sufrimiento injusto y evitable, mi propia estabilidad se siente moralmente amenazada. Por lo tanto, el ajuste no solo empobrece materialmente, sino que erosiona el tejido de la compasión social al convertir la indiferencia en una herramienta de estabilidad psíquica.
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Ahora bien, si estos fenómenos funcionaran de manera perfecta, no se podría explicar la cantidad de estallidos sociales frente a los planes de austeridad. En los últimos años, países como Chile, Ecuador, Colombia o Sri Lanka han visto cómo multitudes coparon las calles de las principales ciudades y tiraron abajo gobiernos, motivadas por el fastidio ante diferentes ajustes dictados por las autoridades locales y organismos crediticios internacionales como el FMI.
En esta línea, el concepto de saturación cognitiva, analizado en investigaciones recientes de neurociencia social como las publicadas en el Journal of Experimental Social Psychology (2021), ofrece una explicación científica crucial para entender por qué las sociedades que parecen haber aceptado dócilmente un proceso de ajuste económico terminan explotando de manera repentina. Hasta ahora habíamos hablado de una suerte de “túnelización” como un mecanismo de adaptación donde el cerebro sacrifica su visión de largo plazo para concentrarse exclusivamente en la supervivencia inmediata.
Sin embargo, este proceso de acomodación forzada tiene un límite biológico y psicológico infranqueable. Las investigaciones sugieren que la carga mental necesaria para gestionar la escasez persistente no puede crecer indefinidamente. Llega un punto de saturación en el que el estrés por la subsistencia básica es tan elevado y sostenido que el cerebro agota su capacidad de racionalizar la privación. En este estado de agotamiento extremo, la psiquis ya no puede generar los argumentos defensivos que antes mantenían a raya la frustración, y la respuesta subjetiva vira bruscamente desde la apatía resignada hacia una reacción instintiva de lucha o huida.
RM/ff
