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Viviendo en un mundo que coquetea con el peligro

«Parece ser que jamás en toda nuestra vida ha existido un momento de mayor incertidumbre sobre el futuro y mayor ignorancia con respecto del pasado que el actual». Así comienza el libro «Desastre» del historiador británico Niall Ferguson. La historia no se repite, pero las lecciones del pasado, bien interpretadas, suelen dejar aprendizajes para el futuro. De aquí la importancia de conocer el pasado. Incluso el pasado reciente como, por ejemplo, la explosión del reactor nuclear en Chernóbil o la pandemia del COVID. El accidente de Chernóbil fue un accidente sucedido en abril de 1986 en la central nuclear Vladímir Ilich Lenin ubicada al norte de Ucrania -en ese momento perteneciente a la Unión Soviética- a menos de 3 kilómetros de la ciudad de Prípiat y a 18 kilómetros de la ciudad de Chernóbil. Es el peor accidente nuclear de la historia.

Una «increíble sucesión de eventos desafortunados» desembocaron en el sobrecalentamiento descontrolado del núcleo del reactor y en explosiones sucesivas seguidas de un incendio. Las explosiones volaron la tapa del reactor de 1.200 toneladas, expulsando enormes cantidades de material radiactivo que formaron una nube radiactiva que se extendió por 162.000 km². Se estima que la cantidad de material radiactivo y tóxico liberado fue 500 veces mayor que la liberada por la bomba atómica arrojada en Hiroshima en 1945.

La primera reacción de las autoridades soviéticas fue encubrir lo ocurrido. La evacuación de los habitantes de Prípiat -chapucera y desorganizada- comenzó treinta y seis horas después de la explosión. Tras la evacuación, el gobierno soviético tardó otro día y medio en reconocer de manera oficial que se había producido un accidente y sólo porque potencias occidentales detectaron niveles inesperados y alarmantes de material radioactivo en la atmósfera. La zona de evacuación se determinó -con un radio arbitrario de treinta kilómetros- seis días después del desastre. Se mintió a la población sobre los peligrosos niveles de radiación y es conmovedor ver, en la serie homónima, cómo los pobladores se acercaban -curiosos- a contemplar la bola de fuego del reactor ardiendo. En palabras del principal historiador de Ucrania, el intento de censurar el desastre «puso en peligro a millones de personas en el país y en el extranjero, y provocó innumerables casos de envenenamiento por radiación que podrían haberse evitado».

Intentando impedir que el fuego se propagara a los otros reactores fueron enviados una innumerable cantidad de bomberos a la muerte. También soldados con protecciones absurdas frente a las dosis masivas de radiación a intentar tapar el boquete del reactor. Aún hoy se pueden medir los niveles de radiación mortal que queda en las ropas de esos bomberos y soldados abandonada en los subsuelos del hospital de Prípiat. También sufrieron bajas los pilotos de los helicópteros que arrojaron toneladas de boro, plomo y dolomita sobre el núcleo del reactor. Y los mineros que intentaron cavar un túnel por debajo del reactor para crear una capa de enfriamiento y evitar que el material fundido atravesara la barrera de hormigón y fluyera fuera del edificio. Cientos de kilómetros a la redonda serán inhabitables por 300.000 años.

El Informe sobre el análisis posterior al accidente, elaborado por el Grupo Asesor de Seguridad Nuclear del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), establece que «el accidente fue resultado de una extraordinaria concatenación de errores humanos e incumplimientos de las normas de actuación, sumados a características específicas del reactor que empeoraron y amplificaron los efectos de los errores». Errores de la tecnología adoptada, de un diseño deficiente y de una operación no calificada; un combo aterrador. Chernóbil era un microcosmos que anunciaba a los gritos el declive de la Unión Soviética.

COVID

El riesgo de una pandemia global fue identificada por el World Economic Forum como un potencial riesgo global en el año 2005 en la primera edición del reporte «Global Risk Report». De allí en más, fue mapeado como un riesgo a escala mundial en cada una de sus ediciones anuales. Personalidades famosas como Bill Gates, Barack Obama, o George Bush hijo, advirtieron sobre el peligro al orden mundial que significaría una pandemia global para la cual, anticiparon todos, el mundo no estaba preparado. Por supuesto, no se hizo nada. En el libro «Dull Mistakes» («Errores tontos»), los profesores Clarke y Dercon enumeran un montón de experiencias concretas que prueban que, prevenir una catástrofe previsible cuesta, en promedio, la tercera parte de lo que cuesta solventar, más tarde, los gastos de la reconstrucción. El profesor Jacques Attali en su libro «La economía de la vida» estima que, para el caso particular de la pandemia, los gobiernos mundiales perdieron hasta diez veces más de lo que hubieran gastado en esquemas preventivos de haber seguido, por ejemplo, el ejemplo de Corea del Sur. David Harvey habla de «capitalismo del desastre»: «los desastres medio ambientales generan abundantes oportunidades para que un ‘capitalismo del desastre’ obtenga excelentes beneficios». Si no fuera así, entonces me parece que deberíamos comenzar a trabajar en planificar cómo evitar o morigerar potenciales catástrofes que sabemos que se avecinan en algún futuro cada vez más cercano (las provocadas por el cambio climático producto del calentamiento global, por ejemplo).

Nos encanta hablar de rinocerontes grises y de cisnes negros. Los eufemismos tras los que disfrazamos -cual gansos- nuestra decisión de ignorar los riesgos catastróficos y de procrastinar acciones decisivas es impresionante.

En China, el Estado de partido único respondió al brote del coronavirus, en gran medida, igual a como lo habían hecho los soviéticos ante el desastre nuclear de Chernóbil: intentando encubrir. En Estados Unidos, el presidente, secundado por su coro de noticiarios de televisión por cable, reaccionó desechando la amenaza que calificó de mera gripe estacional, e inmiscuyéndose después de modo errático y hasta grotesco en las respuestas que dio él y que hizo dar a su administración. En Gran Bretaña el patrón fue similar. En Europa, en un primer momento, las aspiraciones regionales demostraron ser idearios vacíos y cada país intentó salvarse por su cuenta cerrando las fronteras e intentando hacer acopio del equipamiento médico que escaseaba.

La pandemia fue reveladora no sólo de la virulencia del patógeno sino de los defectos de los que adolecen nuestros sistemas de gobernanza en general. No estamos preparados para administrar crisis graves; simplemente las ignoramos por demasiado tiempo hasta que es muy tarde; y cuando reaccionamos, lo hacemos mal.

La base de la procrastinación podría ser la frase de Henry Kissinger: «Si (el líder) actúa sobre la base de una suposición, no podrá probar jamás que su gestión era necesaria, aunque pueda salvar a la sociedad de una gran cantidad de problemas más adelante. Si actúa con prontitud, no será posible saber si su acción era necesaria. Si espera, puede tener buena o mala suerte. Es un dilema terrible». No le falta razón. El problema es cuando los costos de una falta de decisión se traducen en vidas humanas.

«Hic sunt dracones»

Por cada potencial calamidad existe al menos una Casandra. Y es cierto que no toda profecía merece ser escuchada. Aun así, tengo miedo de que estemos haciendo oídos sordos a una amenaza que parece estar remedando la situación de 2005, cuando se alertaba sobre una pandemia que se terminaría desatando años más tarde. Quizás debamos comenzar a asumir que, eventualmente, todo rinoceronte gris será, al fin, un cisne negro. Acaso, los costos económicos, ¿son suficiente razón para correr el riesgo de no pensar así?

Chernóbil ocurrió en las postrimerías de la Unión Soviética. La pandemia del COVID se desató en China. Ambas ocurrieron en regímenes autoritarios. Esto explica que se haya tardado tanto en levantar las señales de alarmas y las fallas en contener la situación de manera más rápida. Todo régimen autoritario tiende, como primera medida, a cortar la cabeza de los portadores de malas noticias.

Las fallas quebrantan el principio de invulnerabilidad del régimen y nadie quiere ser el primero en advertir al régimen sobre algo que falla. Por supuesto que la pandemia podría haberse originado en otro país y es contra fáctico asegurar que los resultados hubieran sido distintos. Lo único que sí podemos asegurar es que habrá una cierta resistencia a reconocer el peligro, a adoptar medidas de contención drásticas y públicas, y a reconocer que se produjo una falla grave.

Así las cosas, no nos debería dejar muy tranquilos que las mayores investigaciones en edición genética o en inteligencia artificial se estén haciendo en China, en un absoluto secreto. O que el mayor testeo de la historia sobre nuevas armas, comunicaciones, inteligencia satelital, tanques, misiles, aviones y drones se esté llevando a cabo en Ucrania, tras la invasión rusa. Tampoco que los mejores hackers del mundo pertenezcan a organizaciones gubernamentales chinas, coreanas o rusas. Hace siglos que la tecnología es en un arma de amplio espectro y de largo alcance.

«Hic sunt dracones». «Aquí hay dragones» era la frase que se utilizaba en mapas antiguos para referirse a territorios inexplorados. Deberíamos comenzar a desarrollar un mapa similar que contemple el desarrollo de la ciencia y de la tecnología -el previsible, al menos-, cubriéndolo con una cantidad importante de monstruos marinos y de dragones en todos aquellos temas sobre los que vamos avanzando sin detenernos a pensar ni medir consecuencias.

«Acá hay rinocerontes grises grandes como una casa», podría servir, también.

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