La historia de Mariana Dopazo, la hija de Miguel Etchecolatz que pidió cambiarse el apellido y hasta rezó para que se muriera

−”Nos encerrábamos a rezar en el armario con mi hermano para pedir que se muriera en el viaje”.​Cuatro años pasaron de aquella resonante frase de Mariana Dopazo, poco después de cambiarse el apellido para dejar de figurar como hija de Miguel Etchecolatz, el represor condenado a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad que falleció…

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−”Nos encerrábamos a rezar en el armario con mi hermano para pedir que se muriera en el viaje”.

Cuatro años pasaron de aquella resonante frase de Mariana Dopazo, poco después de cambiarse el apellido para dejar de figurar como hija de Miguel Etchecolatz, el represor condenado a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad que falleció este sábado a los 93 años.

Era mayo de 2017 y Mariana estaba presente en Plaza de Mayo junto a madres, abuelas y familiares de desaparecidos. Era la marcha contra el “2×1” que intentaba bajarles las penas a genocidas.

“Fue la primera vez que me animé a participar de una marcha. Me llevó el cuerpo. Lo pude hacer después de haberme cambiado el apellido”, confesaba Mariana en una entrevista con Canal Encuentro.

Ella, como tantas otras víctimas, también vivió su calvario. Los días no fueron fáciles en la casa que compartía con su padre. Cuando el ex jefe de la Policía Bonaerense durante la última dictadura militar regresaba “reinaba el más absoluto silencio”.

“Juan (su hermano) fue mi gran compañero. Rogábamos para que Etchecolatz no vuelva a la casa. Siempre rezábamos para que no esté entre nosotros, pero nos fallaba ese rezo porque siempre volvía, Nunca existió Dios para nosotros en ese sentido”, expresaba sobre la oscuridad que atravesaba las paredes.

El ex represor Miguel Ecthecolatz falleció a los 93 años.

Cada vez que volvía de la Jefatura de Policía de La Plata cambiaba radicalmente la casa. “Se iba a comer sólo a su cama. No había una mesa familiar. Y ahí tenía que reinar el silencio. Era nadie más que él. No estaba permitida la palabra. Él no podía escuchar ni un ruido porque lo aturdía”, recuerda.

El paso de los años le permitió hacer una reflexión más profunda: “Las veces que me animé a pensar qué era lo que lo aturdía… Era porque él había habitado y producido los gritos del horror”.

El diálogo padre-hija nunca existió. Su memoria estremece. “La palabra que circulaba era muy corta. La potencia cruel tenía la efectividad de amedrentar al otro”, decía.

Mirar las fotos de su infancia, la llevaba a escenas profundamente solitarias: “Era una nena sola jugando en un lugar con armas, uniformes, custodias. A él le importaba su familia policial”.

El padecimiento también lo sufrió su madre. Poco después, en una carta publicada en La Garganta Poderosa, Mariana revelaba: “Mi vieja hacía lo que podía, amenazada recurrentemente por él. ‘Si te vas, te pego un tiro a vos y a los chicos’“.

Sobre la violencia ejercida también en su casa, soltó: “Lo desobedecía, sí, tanto como era posible. Y a ese ritmo, se repetían sus golpes. Era cruel, castigaba muy fuerte y después se preocupaba. ‘Mirá lo que me hacés hacerte’, decía. Cuando oía sus pasos, sentía el perfume del terror”.

Describió que haber convivido con un genocida le permitió conocer su esencia y su faz más verdadera. Vivir en carne propia esos rasgos de Etchecolatz le permitieron definirlo de una manera terminante: “Siempre fue narcisista, una persona sin bondad, impenetrable, que nunca dio lugar para que sus hijos pudieran preguntar”.

El día que la llevó a ver “La historia oficial”

Paradoja del destino, una de sus últimos momentos compartidos con Etchecolatz fue cuando la llevó a ver una película. Era nada menos que “La historia oficial” (1985) protagonizada por Héctor Alterio y Norma Aleandro. La primera película nacional en ganar un premio Oscar devela los horrores de la represión como el secuestro de bebés.

“Tenía 15 años. Era una rareza porque él no participaba de una actividad así. Fue tremendo porque entramos a un cine en silencio. La escena donde Alterio le aprieta las manos a ella en una puerta… Eran esas escenas donde está todo ahí”, recuerda.

Al salir del cine, el silencio invadió la escena que ya no era ficticia sino real. “Fue muy difícil. Me llevó a ver y me mostró el horror y la perversión de lo que hizo. Se retiró en silencio. Ese silencio es tremendo y lo marca a él como sujeto en todos los ámbito. Fue una de las últimas veces que lo vi”.

El cambio de apellido

Fue en 2016, cuando el Juzgado de Familia la autorizó a deshacerse del apellido para suplantarlo por el de su abuelo materno.

“Creí que había terminado una etapa. Sin embargo, la intención de beneficiar a los genocidas con el 2×1 me angustió y me impulsó a marchar por primera vez. Sentí que la Justicia había dejado de ser justa en materia de crímenes de lesa humanidad y empezaba a desampararnos”, recordaba.

En agosto de 2017, el ex director de investigaciones de la Bonaerense había sufrido un accidente cerebro vascular (ACV) por lo que el Tribunal Oral Federal (TOF) 6 le otorgó ese diciembre el beneficio de la prisión domiciliaria al condenado que hoy murió teniendo en su prontuario nueve sentencias por delitos de lesa humanidad.

Etchecolatz fue condenado nueve veces por delitos de lesa humanidad.

“Mientras visitaba a mi familia me enteré que tenía el privilegio de irse a su casa. ‘Es imposible que le den la domiciliaria’, me aseguraba mi mamá, para tranquilizarme. Hasta que nos llamaron para avisarnos. Todo se convirtió en silencio. No pude pensar, ni hablar más. Así estuve la noche entera, tratando de salir de la oscuridad“, explica.

“Nadie puede venderme el discurso de la reconciliación, ni el cuento del viejito enfermo que merece irse a su casa. Quienes conocemos su mirada, sabemos de qué se trata“, grafica.

Mariana nunca se desentendió de los pedidos de justicia. De hecho, uno de sus reclamos estaba relacionado a los días finales del hombre a quien nunca consideró su padre: “Justo y reparador sería que estuviera para siempre en una cárcel común, hasta el final de sus días”.

Este sábado, a los 93 años, el represor falleció en la Clínica Sarmiento del partido bonaerense de San Miguel, donde se encontraba internado con custodia policial.

El genocida, que se encontraba detenido en la Unidad 34 de Campo de Mayo, había sido internado el pasado 27 junio en la institución médica de San Miguel, a donde fue trasladado desde la clínica Estrada de Merlo.

Etchecolatz fue condenado en 2018 a la pena de prisión perpetua por homicidio agravado por alevosía y por el concurso premeditado; violación, en grado de tentativa, en concurso real con abuso deshonesto; “y privación ilegal de la libertad cometida por funcionario público agravada por mediar violencia o amenazas y tormentos agravados por la condición de perseguido político de la víctima”.​

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