El agradecimiento de Manu para sus familiares y amigos cuando terminó la transmisión

29 DE Marzo 2019 – 15:05 Cuando todo terminó y el estadio quedó vacío, reunió a su círculo más íntimo en el centro de la cancha para registrar ese momento.  Un corazón dibujado por efectos de luz en el medio de la cancha y a sus costados el número 20. Casi imperceptible en la trasmisión televisiva…

El agradecimiento de Manu para sus familiares y amigos cuando terminó la transmisión

29 DE Marzo 2019 – 15:05
Cuando todo terminó y el estadio quedó vacío, reunió a su círculo más íntimo en el centro de la cancha para registrar ese momento. 

Un corazón dibujado por efectos de luz en el medio de la cancha y a sus costados el número 20. Casi imperceptible en la trasmisión televisiva pero bien visible para todos los que concurrieron al AT&T Center. Simple pero contundente así fue la escenografía que eligió San Antonio para el homenaje a Ginóbii. Sobre él se posó Manu, y todos los que lo acompañaron. Un corazón que sintetiza su mayor logro: el de haberse ganado justamente el corazón de todos. Fue la noche en la que cosechó, toda junta y en poco más de una hora, toda su siembra. En un tributo único, histórico e irrepetible que será recordado por los tiempos de los tiempos.

Cuando todo terminó y el estadio quedó vacío pero rebosante de las sensaciones de una noche histórica y la televisión dejó de transmitir, reunió a su círculo más cercano en el centro de la cancha, para todos como un puño, registrar ese momento. Allí estaban su esposa y sus hijos, sus padres, a los que por fin pudo ver, sus hermanos y un grupo numeroso que llegó a San Antonio invitados especialmente por él. También su tío Raúl, que haciendo honor a la sensible estirpe Maccari vivió toda la noche emocionado sin poder contener las lágrimas. Su esposa Betty fue la encargada de proveerle los paquetes de pañuelos descartables -varios por cierto- que con un gran sentido de creatividad habían dejado los Spurs en cada butaca del estadio. Paquetes que venían con la inscripción “a veces necesitas pañuelos para decir gracias”. Su primo Paulo, el que lo ayudó en su último tramo de su carrera poniendo en práctica su hábil profesión de fisioterapeuta.

Sus amigos de Bahía Blanca Germán Alonso, Guillermo Barbieri y Luciano Gardella, excompañeros del secundario. También su representante Carlos Prunes y su equipo de trabajo, entre otros. Y los representantes de la Generación Dorada que hablaron en el intermedio del partido. Juan Ignacio “Pepe” Sánchez, Andrés “Chapu” Nocioni, Luis Scola, Alejandro “Puma” Montecchia, Gaby Fernández, Fabricio Oberto y Pablo Prigioni. Con estos últimos prolongó Manu su noche hasta altas horas de la madrugada en una cena íntima que los encontró como lo que son, un grupo de amigos compinches de la vida que lograron que ayer San Antonio se rindiera a sus proezas e hiciera albiceleste por una vez un partido de la NBA. Y que, como lo reconoció Popovich, conformarán unos de los equipos que mejor vio jugar en su vida. Toda una definición del más grande entrenador de la liga más importante del mundo.

Y cuando este viernes ya es el día después, le queda a este grupo todavía un poco más de disfrute. Ya Manu se había encargado que esta semana fuera inolvidable para ellos. Navegación con cena incluida en una de las barcazas que recorre el River Walk, el Paseo del Río de San Antonio; una tarde en un lugar de sofisticados juegos en donde un divertido Manu hizo las delicias de todos y diversas actividades con horarios prefijados y una organización sin fallas que logró que todo fuera perfecto. Y para esta noche, una cena de despedida para completar su agradecimiento a todos aquellos que lo ayudaron a ser quien es.

“El elegido”

“El elegido”, como lo bautizaron y ayer revelaron Pepe Sánchez y Gaby Fernández durante la ceremonia, ya puede dar por cerrado el círculo del retiro. Comienza ahora otra etapa en la que encontrará seguramente, como lo hizo con el deporte, nuevos desafíos que encarar. Y lo hará de la misma manera que lo hizo siempre. Porque aun habiendo tocado el cielo con las manos seguirá manteniendo, bien plantados, los pies sobre la tierra.

Fue un homenaje en el que finalmente, como había querido, Manu pudo dejarse llevar. A su estilo. Luchando consigo mismo para que las lágrimas no le cayeran a borbotones pero sin poder evitar que desde el primer minuto sus ojos estuvieran vidriosos. Mostrando su lado más humano, en una combinación de dar y recibir que quedó plasmado en su lenguaje corporal y gestual. Permitiéndose conmover por la lluvia de elogios que iba recibiendo, que lo hacía sentir incómodo pero al mismo tiempo libre para poder disfrutarlo. Cada boca apretada, cuando la emoción lo conmovía, cada sonrisa espontánea y franca, que liberaba las tensiones, lo ayudó a permanecer en el centro de la escena, ese que siempre quiso evitar.Como también los intentos de explicarle permanentemente lo que estaba sucediendo a su hijo Luca, sentado a su izquierda, como un recurso más para distenderse, simple pero lleno de amor, mientras los mellizos intentaban comprender lo que estaban viviendo.

Y para alguien que hace un culto de su vida privada, siempre con su estilo sobrio -como lo marcó la indumentaria con la que se mostró anoche- pudo expresar y ante los ojos del mundo, en 19 minutos, sus sentimientos más profundos. Sintetizados cuando miró a los ojos a sus hijos y les dijo que su papá no estaba triste y que si por momentos lloraba era de felicidad. El que en una conmovedora declaración le prometió a su esposa Many que utilizaría los próximos 40 o 50 para retribuirle por haberle soportado sus obsesiones y reparar todo el tiempo que relegó de ella para que él fuera la prioridad.

Ese Manu terrenal, que hizo una síntesis perfecta de su carrera y no se olvidó de nadie a la hora de agradecer. A los amigos de la vida y del deporte, a los argentinos, a la gente de San Antonio, a la franquicia y a los que trabajan en ella, a excompañeros de los Spurs y de la selección. Con todos tuvo las palabras justas. Y en especial para su familia. Para sus padres, a los cuales no pudo identificar en la platea porque por una confusión debieron seguir la ceremonia en otro lugar del que tenían asignado junto a los miembros de la Generación Dorada. Y poder agradecerles. A mamá Raquel por haberle dado la libertad a pesar de que quería para él una carrera universitaria. Y a papá “Yuyo”, por jamás interferir a pesar de ser un fanático del básquet y por haber estado siempre a su lado. Para después sí entregarse a ese momento culmine en la que su camiseta número 20 quedó descubierta en los más alto del AT&T Center entre los grandes de los grandes de los Spurs. Y tomar así una dimensión exacta, definitiva, del momento en que una leyenda queda viva para siempre.